15/1/18

AVIADOR ESPAÑOL HÉROE DE LA GUERRA DE ÁFRICA 1925















EL SOLDADO ESPAÑOL QUE AMETRALLÓ A DECENAS DE RIFEÑOS PARA DEFENDER LOS CADÁVERES DE SUS COMPAÑEROS





Por tierra, por mar... y también por aire. Las heroicidades del Ejército español en la Guerra de Marruecos se cuentan a día de hoy por decenas y, aunque la mayoría se sucedieron a ras de suelo y en unos calurosos páramos cubiertos de arena (un claro ejemplo fueron las muertes en acto de Servicio del Cabo Noval y del Capitán Salafranca), algunas también tuvieron como protagonistas a los pilotos que surcaban las nubes a los mandos de los entonces desfasados aviones de combate.


Bristol similar al que voló Ordiales


        Entre las acciones más destacadas es imposible olvidarse de los actos de valentía de SENÉN ORDIALES GONZÁLEZ. Un Teniente madrileño (de Carabanchel, más concretamente) que, durante una operación de ataque sucedida en 1925 en el Norte de África, aterrizó con su avión Bristol en territorio enemigo para defender a tiros los cadáveres de unos compañeros que se habían estrellado cerca de Beni-Bu-Yahi. Sabía que nada podía hacer por sus vidas pero, aun así, quiso arriesgar el cuello para evitar que los hombres de Abd El-Krim vejasen a los fallecidos.

Ordiales, desde su adolescencia, fue un Militar fascinado por los cielos en una época en la que había que ponerle todavía un buen par de botas para plantarse las gafas de piloto y subirse a un aeroplano. Fue, en definitiva, un Soldado que pisó a lo largo de su carrera decenas de aeródromos. Lugares desde los que despegó para arrojar bombas sobre sus enemigos y que, hasta este momento, han permanecido en el olvido colectivo.

Ahora, sin embargo, el Ejército del Aire ha querido rendir su particular homenaje a la Guerra de África y a los aviadores que combatieron en ella inaugurando un gigantesco diorama en el que se representa la vida en un Aeropuerto Militar de Melilla entre los años 1913 y 1927, en el Aeródromo de Cuatro Vientos (Madrid).


El Teniente Ordiales y los inicios de la aviación


La aviación española en Marruecos. Salida de un aeroplano militar del nuevo aeródromo de Melilla - José Zegri


El contenido de sus líneas se ha mantenido hasta nuestros días: “El Servicio de Aviación, que hasta ahora no ha pasado del periodo experimental por falta de recursos, podrá, en breve, adquirir mayor desarrollo, tanto por existir ya algunos pilotos, como por disponer de material adecuado para maniobras y operaciones en Campaña. Es indudable que el aeroplano, aun cuando ha de sufrir modificaciones que atenúen sus defectos ya que -por la naturaleza del medio en que se mueve- quizá no sea nunca posible dotarle de estabilidad absoluta, constituye un elemento importante para el Servicio de Exploración y podrá, con el tiempo, ser susceptible de otras aplicaciones”.

En el año que Ordiales se sintió llamado por la Aviación, sobre los cielos españoles se podían observar aviones militares tan rudimentarios como el «Maurice Farman MF.7». Un aeroplano similar a una gigantesca «cometa voladora» motorizada en la que se podían subir –narices mediante- dos tripulantes y que pesaba escasamente 580 kilos. También destacaban los no menos primitivos «Morane Saulnier G» regalados por el Conde de Artal al Ejército español. Dichos aparatos llamaban la atención por su escasa utilidad a la hora de acabar con los enemigos de la Península ibérica, y por no ser demasiado seguros (así lo demuestra el que, tras su llegada a nuestro país, se incendiaran y averiaran en multitud de ocasiones y sus fallos costaran la vida a varios aviadores).

Fuera como fuese, e independientemente de la novedad y la peligrosidad de los aparatos sobre los que intentaran alzarse del suelo los militares españoles, Ordiales siguió su camino hacia los cielos. Así pues, tan solo cinco años después de entrar con paso marcial en la Academia, logró ascender a Teniente. Tras obtener ese cargo, se ofreció voluntario para ser destinado al Regimiento Mixto de Artillería de Melilla en el cual, como bien señala el General de División del Ejército del Aire José Sánchez Méndez en su dossier «Noveno laureado de la Aviación Militar: Teniente de Artillería, piloto aviador Senén Ordiales González», combatió en la posición de Kadia (ubicada en Beni Said, a unos 40 kilómetros de Ceuta) y de Dar Queb Dani (unos 55 kilómetros al oeste de Melilla). «Recibiría su bautismo de fuego en el ataque y conquista de Nador de Beni Ulixech», añade el militar en su obra.


Senén Ordiales, tras ganar la Laureada de San Fernando

Posteriormente, Senén llevó a cabo los cursos de piloto de aeroplano en Sevilla, desde donde se dirigió al popular aeródromo de Cuatro Vientos (en Madrid) para acabar su formación. En 1924, finalmente, fue destinado al Grupo de Escuadrillas Expedicionarias. Es decir, que le tocó hacer el petate y, como tantos otros, dirigirse hacia Marruecos, donde se estaba sucediendo una guerra a sangre y fuego entre España –cuyo objetivo era dominar el territorio de Marruecos que la comunidad internacional le había cedido en 1912 (apenas 25.000 kilómetros cuadrados)- y los rifeños, empeñados en no dejarse dominar por aquellos hombres uniformados que no habían visto en su país más desierto que el de Almería.


La guerra llega a Marruecos

Ordiales llegó a las calurosas tierras rifeñas en 1923. Sin embargo, para cuando pisó aquellos desérticos páramos la aviación militar española ya llevaba más de una década aposentada en el norte de África. Concretamente, todo comenzó el 19 de febrero de 1913, poco después de que concedieran a la Península aquella franja de tierra que tan pocas alegrías iba a dar a los militares.

Un territorio plagado de tribus nativas rebeldes dispuestas a pasar a cuchillo a todos aquellos españoles (además de al Sultán de Marruecos, al que consideraban un traidor amigo de los cristianos) llegados de más allá del estrecho de Gibraltar. Pero amigo… la política era la política, así que tocó atarse las botas, ponerle «napia» y empezar a someter a los enemigos de la Corona a base de fusil, machete, y lo que se terciase. Y una de las primeras ciudades en hacerlo fue Ceuta.

«En 1913 el Comandante Militar de Ceuta (…) emprendió una serie de operaciones para alejar de la ciudad a las Harkas enemigas e intentar someter a las Cábilas rebeldes a la autoridad del Sultán, la que no reconocían. (…) El movimiento rebelde lo dirigía Muley Ahmed el Raisuni», explica Méndez en otra de sus investigaciones, "La aviación militar española en la campaña de Marruecos» (1913-1927)".

La idea de dominar por las bravas al enemigo cuajó bien entre la Oficialidad hispana. Uno de sus más ilustres miembros, José Marina (Alto Comisario y general de las Tropas españolas), se aventuró, incluso, a dar un paso más y solicitar a España la ayuda del recién creado Servicio de Aeronáutica Militar. Y el Ejército, como cabía esperar, aceptó. Así fue como, después de construirse el aeropuerto de Sania Ramel en Tetuán, una Escuadrilla formada por 11 aviones se desplazó hasta África.


Los objetivos de los primeros aviones militares

Una vez instalados en los diferentes aeródromos que se fueron creando en el norte de África, el Ejército otorgó una serie de misiones habituales a sus aviadores. Estos fueron definidos brevemente por el General Manuel Goded (quien participó en la Guerra del Rif) de la siguiente forma en su obra “Marruecos, las etapas de la pacificación”: “Su empleo en Marruecos es de extraordinaria eficacia, de infinita variedad y de enorme efecto moral. (…) En la información y en la exploración, en los bombardeos de castigo, en la disolución de las concentraciones enemigas y de los Zocos, en la destrucción de las cosechas, en el combate para batir a la Artillería enemiga, o para vencer con bombas o con ametralladoras una resistencia obstinada, en los momentos difíciles abasteciendo posiciones y columnas… en todas las ocasiones y momentos el avión es indispensable para la guerra en Marruecos”. A estas se añadían, a su vez, otras tantas:


Bristol F2B en vuelo - ABC

1- La exploración. Era el objetivo básico de estos aparatos. Los pilotos y observadores de vuelo solían dibujar mapas de las zonas inexploradas por el Ejército lo que permitía que, al ser capturadas, pudieran ser bien defendidas. A su vez, estos planos permitían a los españoles no ser “cazados” hombre a hombre en una emboscada de los rifeños. Por descontado, estos Soldados también tenían la capacidad de descubrir los puntos clave de resistencia para que pudieran ser batidos por la Artillería.

Su labor era tan útil, que sus bondades fueron recogidas por decenas de Militares. Así lo afirmaba un Oficial de la época en un informe que recoge el Ejército del Aire en su dossier “Usos de la aviación en Marruecos”: “Es indudable que se debe por todos los medios tender a hacer (la información aérea) efectiva y permanente, por lo que sería conveniente se confiara a las fuerzas aéreas como una de sus misiones permanente esta de información diaria (…) Insistiendo sobre esta fuente de información consideramos que prestaría un excelente servicio”.






















Componentes de la escuadrilla con base en Tetuán. Con ellos su Jefe, el Comandante de Estado Mayor Aymat - ABC


2- Atacar al enemigo. Como es lógico, el que los aparatos estuvieran elaborados con madera y lona (y que, por tanto, fueran muy sensibles a los impactos de bala), no impidió a los militares españoles utilizar estas nuevas máquinas para bombardear y ametrallar al enemigo. Los pilotos llevaban a cabo ambas acciones volando «a la española», como se solía decir. Es decir, atacando a los rifeños a un distancia lo más cercana posible al suelo para así ganar en puntería y no errar el blanco (además de dispararles en cadena). De hecho, se solía decir que no había peor vergüenza para un aviador que ser fotografiado por sus compañeros disparando a los moros desde una gran altura.

3- Abastecer las posiciones avanzadas españolas asediadas por el enemigo. En la Guerra del Rif, los militares españoles solían defenderse en Blocaos (pequeñas fortificaciones portátiles de madera que podían montarse fácilmente en mitad del desierto). El problema fue que, ante de 1921, la expansión del Ejército a lo largo del vasto territorio africano fue de tales dimensiones que resultó imposible que las posiciones estuvieran ubicadas cerca unas de otras para defenderse mutuamente. Por el contrario, solía existir una gran cantidad de territorio entre ellas. Así pues, cuando eran asediadas debían resistir varios días hasta que llegaran los refuerzos.

En ese momento entraban en acción los aviones. Estos despegaban continuamente desde los aeródromos cargados con sacos de comida y cartuchos para que los defensores pudieran hacer frente a los rifeños hasta que fueran reforzados. También solían llevar agua hasta los sitiados. Con todo, no lo hacían lanzando sacos cargados con el líquido elemento, ya que de esta forma podían romperse (y se habría desperdiciado un viaje) sino que arrojaban barras de hielo de 12 kilogramos desde los cielos. Cuando estas eran recogidas, los Militares tan solo debían esperar unas pocas horas para beber un buen vaso de agua helada.

















Lanzamiento de suministros desde el aire - EA

4- Enviar cartas. “En cuanto a su utilización de correos, destacaba en ciudades o posiciones de cierto tamaño que estaban aisladas y donde el enemigo había interrumpido el contacto telegráfico con el resto del territorio bajo dominio español. Hay que tener en cuenta que el uso del telégrafo fue bastante tardío en el contexto de las Campañas de Marruecos puesto que el heliógrafo tenía mucho más predicamento en el Ejército español”, añade el Ejército del Aire en su dossier.

5- Evitar el rearme de los enemigos. Tanto los aviones tradicionales como los hidroaviones fueron sumamente útiles en la costa para evitar que los rifeños recibiesen armamento y municiones desde el exterior.

La venganza tras Annual

Los diferentes aviones sirvieron en los siguientes años de forma heroica en África y, día tras día, hicieron multitud de salidas con las que ayudaron al General Manuel Fernández Silvestre (Comandante General de Ceuta y Melilla) a expandir el territorio español en el norte de África a base de fusil y bayoneta.

Y todo ello, a pesar de contar con unos hombres bisoños (novatos y faltos de entrenamiento), un armamento anticuado y heredado de la Guerra de Cuba y unos víveres no demasiado abundantes. Así lo hicieron hasta julio de 1921, año en que miles de rifeños al mando del General rebelde Abd El-Krim –hasta el turbante todos ellos de tanto español por aquí y militar por allá- iniciaron una gran ofensiva que fue imposible contener por parte de los Militares.

Tras tomar las posiciones de Igueriben y pasar a cuchillo a sus defensores, los hombres de Abd El-Krim cayeron entonces sobre el campamento de Annual (al oeste de Melilla). Su ferocidad y número no tuvo parangón y, tras una breve resistencia, los españoles no tuvieron más remedio que retirarse para salvar la vida. Así fue como la casi totalidad del Ejército español dio la espalda a los rifeños en una cruel carrera para lograr subirse a los camiones que se dirigían a la plaza fuerte de Melilla. El resultado, a pesar de la ayuda que prestaron los aviones, fue el de unos 10.000 muertos por el bando rojigualdo. Un desastre de grande como una montaña.

La masacre fue absoluta. Sin embargo, cuando el Frente se estabilizó y se logró expulsar a los rifeños de las cercanías de las posiciones españolas, la aviación cobró una gran importancia, pues los aviones se dedicaron a despegar día tras día de los aeródromos para atacar de forma incansable a los rifeños. No ya solo para diezmar las Fuerzas moras, sino para aniquilar cuantos más enemigos mejor en venganza por la muerte de sus compañeros.

«Durante el Desquite, en septiembre se recuperaron el aeródromo de Melilla y Monte Arruit, protegiendo la Aviación estos avances. Poco después, en noviembre se crearon las Fuerzas Aéreas de Marruecos que contaban con seis Escuadrillas (de aviones) y cuyo mando fue confiado al Coronel de Ingenieros Jorge Soriano, lo que facilitó las Operaciones terrestres que permitirían recuperar el terreno perdido en 1921 y llevar cierta calma al territorio», añade Méndez en otras de sus obras, "La Aviación Militar Española: una historia corta pero de gran intensidad".


La Balumba» y el Breguet

Nuestro protagonista llegó a Marruecos cuando el "Desquite" estaba tocando a su fin, pero todavía seguía activo (aproximadamente en 1923). Ordiales fue incluido en la "La Balumba", un grupo destinado -por un lado- a minar la moral de los rifeños mediante continuos bombardeos y -por otro- a explorar continuamente el territorio en posesión del enemigo para evitar sorpresas desagradables, Además, este aviador y sus compañeros también recurrieron a la "guerra de guerrillas". Es decir, a destruir habitualmente el ganado y las cosechas de los Soldados leales al infame Abd El-Krim.

Ordiales, al igual que todo su grupo, pilotó uno de los aviones más populares de la Primera Guerra Mundial, el Breguet XIV, durante sus primeros años en África. Este biplano había sido adquirido por el Gobierno español a Francia tras la Gran Guerra aprovechando su gran excedente. Cuando llegó a la Península -allá por 1919- fue destinado directamente a la Guerra de Marruecos, donde ofreció dignos servicios durante años.


Teniente. Senén Ordiales con Uniforme de gala

«El Breguet XIV fue un avión muy importante en nuestra aviación militar por el duro y prolongado trabajo que realizó en Marruecos. Dotado de una célula robusta, de estructura principalmente metálica, fue preferido por muchos al DH.4 para el empleo habitual en Marruecos», explica el Instituto de Historia y Cultura Aérea en su obra coral "Aviones militares españoles".


Primeros combates

En las siguientes semanas nuestro protagonista participó en sus primeros combates en el norte de África demostrando su carácter y sus capacidades como piloto. No le quedaba más remedio, pues tanto él como sus compañeros eran –en muchos casos- la única esperanza para los Soldados españoles que quedaban aislados en el Frente occidental. A su vez, también solían convertirse habitualmente en los ángeles que descendían de los cielos para salvar a aquellos Soldados que eran asaltados por los Soldados a las órdenes de el Jeriro (el lugarteniente de Abd El-Krim) “Este había comenzado una serie de ataques que amenazaban las comunicaciones de nuestras Tropas con los puestos avanzados y en la primera quincena de mayo fueron alcanzados varios convoyes españoles”, añade Méndez.

Sin embargo, Ordiales todavía tuvo que esperar hasta finales de junio para que su nombre empezase a ser conocido en los aeródromos bajo Bandera española. Y es que, fuese a partir de ese mes (del día 28, más concretamente) cuando empezó a ametrallar a los rifeños que habían aislado la posición de Coba Darsa. Todo ello, acompañado por las continuas y peligrosas salidas que hacía a diario para aprovisionar a sus compañeros. Por entonces la tensión podía cortarse con una gumía rifeña pues, como ya había admitido el General Primo de Rivera en una nota informativa a uno de sus Oficiales, “el estado de cosas en la zona occidental de Marruecos se ha agravado sensiblemente”. Y esa confesión, viniendo del Alto Mando, no era demasiado halagüeña. Pintaban bastos, como se suele decir, para el Ejército español.

Fue por ello por lo que «La Balumba» y Ordiales tuvieron una gran importancia en aquella Región. “Desde el aeródromo Sania Ramel durante dos meses realizó una larga, dura y agotadora Operación para abastecer a las numerosas posiciones asediadas y atacadas por una Fuerza de cerca de 7.000 rifeños. El Teniente Ordiales tuvo una activa y decidida participación en los bombardeos de las Fuerzas rifeñas y en la protección y abastecimiento aéreo de las posiciones de Coba Darsa y Solano. Unas misiones que hubo de realizar bajo duras condiciones meteorológicas, sobre un terreno muy accidentado y con el riesgo de ser alcanzado por una bala rifeña”, completa el general.

Durante aquellos meses no hubo descanso para los hombres de «La Balumba» y sus fieles aparatos. Así lo demuestra el que, una vez finalizadas las Operaciones de reabastecimiento a las posiciones sitiadas, les fuera entregada una nueva misión: la de bombardear el Cuartel de Albd El-Krim y su propia casa. En una de estas Operaciones de ataque selectivo fue nuevamente reconocido el valor de Senén Ordiales por el “espíritu y gran celo demostrado en un bombardeo realizado el 11 de octubre de 1924 sobre las trincheras enemigas de Dar Mizzian”.



Bristol F2B similar al usado por Ordiales en el descenso


Las dos Medallas de Ordiales

1-    El valiente que ametralló a decenas de rifeños para salvar los cadáveres de sus compañeros (Medalla militar individual).

1925. Ese, sin duda, fue uno de los peores y, a la vez, de los mejores años de Senén Ordiales. Y es que, aunque estuvo a punto de morir en varias ocasiones, también logró hacerse con dos flamantes Medallas que quedarían como una exhibición perpetua de su valor y coraje. La primera, concretamente, la recibió en abril de ese mismo año. Un mes en el que el Ejército español se estaba preparando para llevar a cabo la primera Operación de su historia en la que se coordinarían las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire (el desembarco en la bahía de Alhucemas) con el objetivo de dar el golpe definitivo a los rifeños.

El 19 de abril de 1925, nuestro protagonista andaba subido a lomos de su aeroplano. Desconocemos de qué color estaría el cielo, si hacía buen o mal tiempo… pero lo que sí sabemos es que, a su espalda, Ordiales contaba con la compañía del Sargento Gutiérrez Lanzas quien, como ametrallador que era, andaba asiendo su arma dispuesto a defender el aparato de los rifeños ubicados en tierra. Aquella jornada, además, Ordiales andaba lanzando las bombas de espoleta contra el Had de Beni-Bu-Yahi. “Bum, bum, bum”. En esas andaba el piloto español cuando observó que uno de los miembros de su grupo, el Bristol nº 24, había sido derribado y se había estrellado sobre territorio enemigo.

Poco podía hacer ya Ordiales por sus compañeros. Probablemente ya estarían muertos. Sin embargo, el aviador descendió sin dudarlo conociendo, probablemente, las vejaciones que sus compañeros podrían sufrir de parte de los rifeños si todavía seguían vivos. Quizá todavía estaba en su mente lo que los hombres de Abd El-Krim habían hecho apenas cuatro años al General Silvestre quien (según se cree) fue capturado, torturado y paseado como un trofeo de guerra entre la población. Es probable que en su mente estuvieran también los castigos de los nativos a otros tantos Soldados, a quienes habían enterrado o incinerados vivos. Sin embargo, lo cierto es que no podemos saberlo.

Independientemente de lo que pasara por su mente, lo cierto es que Senén Ordiales descendió y, con su carabina, defendió lo que quedaba de sus compañeros. Así relata aquel suceso el dossier «100 años de la aviación militar española»: "Sin dudar un momento, junto con su ametrallador el Sargento Gutiérrez Lanzas, aterrizó próximo al lugar, defendiendo con su carabina a los cadáveres de los tripulantes del Bristol abatido hasta la llegada de fuerzas terrestres propias y despegar de nuevo con su aparato. Por esta acción le sería la Medalla Militar individual".

2-    La muerte alada en Alhucemas (Cruz Laureada de San Fernando).

Tras la Medalla Militar individual, Ordiales obtuvo su máxima condecoración en el Desembarco de Alhucemas, una gigantesca Operación Militar en la que participaron 13.000 soldados, más de una veintena de piezas de Artillería, 11 Carros de Combate “Renault FT 17”, media docena de tanques “Schneuder CA1”, 67 Navíos de guerra y unos 160 Aeroplanos. Entre ellos se destacaba el avión de Senén quien, en las Operaciones que se sucedieron entre el día del desembarco (el 8 de septiembre) y octubre de 1925, demostró su valor en una acción heroica sobre el monte de Yebel Amekrán (en Axdir,). Un monte del que los rifeños solían decir que, “si cayera algún día en manos del infiel, los cristianos se apoderarían de la Cábila de Beni Urriaguel y la dominarían durante treinta años”.

El 1 de octubre de 1925 Ordiales, todavía Teniente de Artillería y a los mandos del Bristol número 15, se encontró con su destino. Y es que, mientras volaba sobre el monte ya citado, se percató de cómo un grupo de nativos transportaba por el terreno un cañón con el que arrasar a las Tropas españolas que acudían, como alma que lleva el diablo, a la zona con sed de venganza. Como ya hizo al conseguir su pasada condecoración, el aviador pensó rápido y se lanzó contra ellos volando a una altura de apenas 60 metros. El descenso le salió caro, pues una bala rifeña le impactó en la cabeza. Sin embargo, el piloto no se detuvo y soltó sus bombas sobre aquellos rifeños con el objetivo de inutilizar su pieza de artillería.

Al poco, el destino fue nuevamente esquivo con él, pues otro cartucho rifeño le impactó en la muñeca derecha, provocando un reguero de sangre. Todo parecía estar perdido, pero Ordiales continuó con su misión. “Después de vendarse con la corbata del Sargento bombardero, continuó la misión hasta arrojar todas las bombas, aterrizando entre Malmusi y Cala del Quemado sin averías en el aparato. Al descender a tierra perdió el conocimiento, salvando la vida gracias al inmediato tratamiento médico”, explicó la Real Orden del 1 de Mayo de 1927 (la misma que corroboró que recibía la Cruz Laureada de San Fernando).



ABC informa de como Ordiales recibió la Laureada - ABC


Ordiales sobrevivió y, en marzo de 1927, volvió a la vida Castrense. Fue ascendido a Jefe de Escuadrilla del Sector Occidental de Marruecos por sus múltiples actos de valor. Dos años después en junio de 1929, fue destinado en la Escuadrilla de Experimentación de Cuatro Vientos. Su vida fue relativamente tranquila hasta 1936, cuando se negó a volar bajo la bandera republicana y fue encarcelado. El 18 agosto de 1936 fue sacado de prisión y fusilado.




Francisco Javier de la Uz Jiménez


11/1/18

LA GUARDIA CIVIL EN LA DEFENSA HEROICA DE NADOR 1921















En el verano de 1921, se produjeron los trágicos hechos que han pasado a la Historia como el "Desastre de Annual". En aquellos aciagos días, los Guardias Civiles de la Compañía de Melilla, pertenecientes a la entonces Comandancia de Marruecos, tuvieron sus propias páginas de honor y gloria, que alcanzaron su más alta cota en la defensa de la FÁBRICA DE HARINAS DEL POBLADO DE NADOR.



Fábrica de harinas de Nador 1921

En 1921 las principales misiones de la Guardia Civil en el Protectorado de España en Marruecos eran el mantenimiento de la seguridad pública entre la población civil, mediante el tradicional despliegue territorial de Compañías, Líneas y Puestos ubicados en plazas y poblados, así como el de Servicio de campaña, ejerciendo funciones de policía militar en los campamentos, fuertes y destacamentos del Ejército.

A raíz de la publicación de la Real Orden Circular de la Subsecretaría del Ministerio de la Guerra de 22 de diciembre de 1920, la Comandancia de la Guardia Civil de Marruecos había quedado estructurada en 4 Compañías de Infantería, con cabeceras en Ceuta, Tetuán, Melilla y Larache; 1 Escuadrón de Caballería con cabecera en Ceuta y dos Secciones de Caballería destacadas respectivamente en Melilla y Larache.

Desde el 1 de marzo de 1921 dicha Comandancia, cuya jefatura estaba en Ceuta, era mandaba por el Teniente Coronel Antonio Agulló Cappa, que había relevado al de igual empleo, Francisco Ciutat Martín. Su plantilla era de 561 hombres de Infantería y Caballería: 1 Teniente Coronel, 1 Comandante, 6 Capitanes, 14 Tenientes, 6 Alféreces, 4 Suboficiales, 24 Sargentos, 49 Cabos, 18 Cornetas, 6 Trompetas, 29 Guardias 1º, 401 Guardias 2º y 2 Herradores.

La Compañía de Melilla, mandada por el Capitán José García Agulla, y verdadera protagonista de estas líneas, contaba con la plantilla más reducida, tan sólo 75 hombres, compuesta por dicho Capitán, 2 Tenientes, 1 Alférez, 46 Clases de Tropa de Infantería (1 Suboficial, 1 Sargento, 3 Cabos, 2 Cornetas, 4 Guardias 1º y 35 Guardias 2º) y otras 25 de Caballería (1 Sargento, 3 Cabos, 1 Trompeta, 2 Guardias 1º y 18 Guardias 2º).


Izqda. Capitán José García Agulla


El principio del "Desastre"

El año anterior se había iniciado por las Fuerzas militares españolas mandadas por el General de División Manuel Fernández Silvestre, nuevo Comandante General de Melilla, una penetración militar, que partiendo del río Kert, había profundizado hacia el oeste con la idea de alcanzar la bahía de Alhucemas, donde estaba enclavada la población rifeña de Axdir, centro de la conflictiva cábila de Beni-Uariagal, liderada por el cabecilla Mohamed Abd-el-Krim el-Jatabi.

               
General Manuel Fernández Silvestre                                                                    Mohamed Abd-el-Krim el-Jatabi


El avance de las Fuerzas del General Fernández Silvestre, casi sin oposición alguna, en lo que se denominaron "operaciones de policía", fue progresando hasta que a principios del mes de junio se alcanzó el valle de Amkrán, estableciéndose el grueso de dichas Fuerzas expedicionarias en el llano de Annual.

Sin embargo al cruzarse el río Amkrán y establecer una posición avanzada en el monte Abarrán, territorio de la cábila de Tensaman, aquella fue violentamente atacada tan pronto se quedó un pequeño Destacamento para su protección. La tragedia, todavía sin ser los españoles conscientes de ello, había comenzado.

Cuando el 16 de julio se iniciaron las primeras acciones que desembocarían en el sangriento ataque de las cábilas rebeldes lideradas por Abd-el-Krim, produciéndose en primer lugar el de la cercada posición de Igueriben y en cadena todas las demás, los diseminados Puestos de la Guardia Civil pertenecientes a la Compañía de Melilla, desconocían por completo lo que estaba sucediendo, siendo prácticamente abandonados a su suerte en medio de un dantesco caos.

Mientras que cerca de diez mil Soldados del Ejército español eran masacrados en la mayor derrota sufrida en Marruecos y se producía una desesperada desbandada de los supervivientes así como el cerco y asedio de las pocas posiciones que pudieron resistir en los primeros momentos, los Puestos aislados de la Guardia Civil, sin enlace alguno con Melilla, actuaron conforme a la angustiosa iniciativa del más caracterizado, quien además no sólo tenía la responsabilidad de la vida de sus subordinados sino también, en algunos casos, de las mujeres y niños que vivían con ellos en las Casas-Cuarteles.

Los Comandantes de los Puestos de la Guardia Civil, integrados en su mayoría por un Cabo y cuatro o cinco Guardias, al tener noticia del desastre militar, bien por boca de los propios supervivientes que huían en desbandada hacia Melilla o incluso por algunos nativos amigos que les advirtieron de lo que estaba sucediendo, tomaron la decisión en unos casos de replegarse sobre la citada plaza y en otros, al no darles tiempo para ello al verse desbordados por la situación y ser cercados, organizar la defensa de unas Casas-Cuarteles que carecían de la más mínima fortificación o replegarse sobre los campamentos militares.


El Puesto de San Juan de las Minas

Desde el día 22 de julio, al tener confusas noticias de lo que estaba sucediendo y ver que todos los españoles huían con sus familias hacia Melilla, la Fuerza del Puesto de San Juan de las Minas, compuesta por el Cabo Juan Ruiz Sánchez y los Guardias Cándido Puertas, Félix Quintero, Matías Labrador y Manuel Rastrojo, se había atrincherado en la azotea de la Casa-Cuartel. En su interior se encontraban la esposa, la hermana y las tres hijas de corta edad del primero de ellos.

Por indicación de un Oficial del Ejército, el Cabo Ruiz decidió al día siguiente evacuar la Casa-Cuartel y replegarse hasta el cercano poblado de Segangan en donde existía otro Puesto del Benemérito Instituto. Sin embargo cuando llegaron al mismo comprobaron que también había sido abandonado, sufriendo allí el inesperado ataque de los rifeños que les obligó a refugiarse en la Casa-Cuartel.

Ya para entonces la fuerza del Puesto de la Guardia Civil de Segangan, a cuyo frente se encontraba el Alférez Lisardo Pérez García, se había replegado a su vez por propia iniciativa sobre el poblado de Nador, cabecera de la Línea, mandada por el Teniente Ricardo Fresno Urzay.





Al llegar la noche y tras haber agotado las municiones se despojaron del correaje e inutilizaron los cerrojos de sus fusiles máuser, intentando escapar al amparo de la oscuridad y armados sólo con sus pistolas. Sin embargo, fueron sorprendidos en su intento de evasión y hechos prisioneros. Sometidos inicialmente a continuas vejaciones y maltratos, salvaron no obstante sus vidas, gracias a la mediación de unos indígenas de la cábila de Beni-Bu-lfrur, que a cambio de un precio de 125 pesetas por persona, los disfrazaron y trasladaron a Melilla a donde llegaron el 28 de julio.







Teniente Ricardo Fresno Urzay



La heroica defensa de Nador

Por otro lado, al llegar a la plaza de Melilla el mismo día 21 de julio, las primeras noticias de la tragedia, se organizó inmediatamente su defensa con todas las Fuerzas disponibles de la Guarnición, entre las que se encontraban las de la Guardia Civil, a cuyo frente estaba el propio Capitán jefe de la Compañía, auxiliado por el Teniente Valero Pérez Ondategui.

Durante aquellas jornadas las Fuerzas de la Guardia Civil que prestaban servicio peculiar en Melilla no tuvieron un momento de descanso, siendo dedicadas al completo a controlar las entradas naturales a la plaza, y muy especialmente la procedente de Nador, abarrotada de huidos y supervivientes del holocausto.

El 24 de julio las cábilas rebeldes iniciaron el ataque a Nador, en donde  la Guarnición española, muy disminuida al haberse marchado el grueso a Annual, estaba bajo el mando del Teniente Coronel de Infantería Francisco Pardo Agudín. Sólo se habían quedado un par de Secciones de Infantería pertenecientes a la Brigada Disciplinaria así como las Fuerzas concentradas de varios Puestos de la Línea de la Guardia Civil de Nador a cuyo frente se encontraba el ya citado Teniente Fresno.

En total, incluyendo a los Soldados que pudo recuperar dicho Oficial de entre los que pasaban por Nador en su huida hacia Melilla y a los familiares de los militares de la Guarnición y de los Guardias Civiles y demás personal civil, apenas llegaban a doscientos españoles los que allí se quedaron.

El Teniente Fresno, en aquellos tensos y dramáticos momentos, empezó a distinguirse desde el primer instante por su temple y bizarría. De hecho cuando llegó a la estación de Nador el último tren que pudo escapar de Arruit, hizo bajar del mismo a todos los Soldados que encontró, poniéndolos inmediatamente a disposición del Teniente Coronel Pardo para que cooperaran en las labores de defensa.



Izquierda, Teniente Coronel Francisco Pardo Agudín

Incluso en la noche del 23 de julio, dicho Teniente fue todavía reclutando para la defensa, casi a viva fuerza, a cuantas clases e individuos de Tropa del Ejército que huyendo de la matanza de Annual, se encontró deambulando por las calles de Nador.

Inicialmente y dadas las escasas posibilidades de defensa del poblado, los efectivos se atrincheraron en espera del envío de los refuerzos prometidos desde la cercana plaza de Melilla en dos baluartes: LA IGLESIA Y LA FÁBRICA DE HARINAS. El Alférez Lisardo Pérez, con Tropa propia y parte de una Sección de Infantería, fue inicialmente el encargado de la defensa de la iglesia que el Teniente Fresno había ordenado ocupar y fortificar el día anterior.

El resto se atrincheró, bajo el mando del Teniente Coronel Pardo, en la fábrica de harinas, pues era el edificio más sólido y que mejor posición defensiva y protección ofrecía. Durante los dos primeros días los rebeldes si bien tirotearon ambos reductos prefirieron dedicarse en su mayor parte a saquear y destruir las viviendas y comercios abandonados por los españoles. Desde las dos torres de la Iglesia, Guardias Civiles y Soldados fueron impotentes testigos de todo aquello.

Sin embargo, al atardecer del día 25, dado que la situación y la intensidad de los ataques se recrudecieron como consecuencia de la llegada de más Fuerzas rifeñas, el Teniente Coronel Pardo ordenó el abandono del baluarte de la Iglesia ya que se encontraba bastante separado y consideró que era mejor mantener a todos los efectivos reunidos en una única posición. Entre sus defensores se había distinguido por su certera puntería el Guardia Civil 1º de Caballería José Sánchez Callejón, quien había causado con su carabina máuser numerosas bajas a los rebeldes.

La evacuación de la Iglesia no fue tarea fácil, costando varios heridos a sus defensores que fueron constantemente acosados por las calles. Al llegar a la fábrica de harina la situación no era mucho mejor, contabilizándose también varios muertos y heridos entre los defensores de la misma, incluido entre aquellos últimos el propio Teniente Fresno que había recibido un impacto de bala en la pierna izquierda.


La Iglesia de Nador el día de su ocupación, 17 de septiembre 1921

Por otro lado pronto surgió el problema de la escasez de víveres y municiones. Inexplicablemente el Teniente Coronel Pardo, antes de que se consumara el cerco de Nador por los rifeños, había ordenado que cuarenta cajas de municiones con un centenar de fusiles y la Bandera de la Brigada Disciplinaria fuesen enviadas a Melilla, quedándose para la defensa sólo con ocho cajas de municiones y mandando destruir el resto. Así mismo tampoco había dispuesto un mayor acopio de víveres en previsión de que el asedio se prolongara, posiblemente confiado en el pronto auxilio prometido desde Melilla.


Actos de heroísmo

Los rebeldes, que se habían hecho con un cañón tomado en Annual, abrieron fuego sobre el edificio, causando grandes destrozos a la vez que hacían sobre él incesante fuego de fusilería. La defensa, como reconoce el propio Juan Pando Despierto, doctor en Geografía e Historia y consumado investigador africanista en su interesantísima obra "Historia secreta de Annual", editada en 1999 por Ediciones Temas de Hoy, estaría vertebrada por el reducido núcleo de Guardias Civiles que fueron realmente quienes mantuvieron el verdadero espíritu de defensa y lucha.

El asedio se fue prolongando durante diez días, sin que los ansiados y prometidos refuerzos de Melilla llegaran a aparecer, pues en aquella plaza todavía tenían la prioridad de asegurar su propia defensa y esperar la llegada de más Fuerzas procedentes de Ceuta y la Península para poder acudir en su ayuda y empezar a recuperar el territorio perdido.

Mientras tanto la heroica defensa de la fábrica de harina había conseguido distraer a numerosas fuerzas rifeñas que gracias a ello no fueron utilizadas para atacar Melilla, dando tiempo a que los refuerzos llegados a esa plaza pudieran ir organizándose y asegurar su defensa. No obstante el Cabo de la Guardia Civil Laureano Lozano López, perteneciente al Puesto de Nador, fue enviado junto a dos Soldados indígenas de Regulares a solicitar un auxilio que nunca llegó.

Entre todos los defensores destacaba muy singularmente por su valentía y continuos actos de heroicidad el Guardia Civil 2º Manuel Almarcha García quien posteriormente, en la Orden General del Ejército de Operaciones en Marruecos de 5 de diciembre de 1921, sería propuesto para la Cruz Laureada de San Fernando, si bien finalmente no le fue concedida.





Una de las principales actuaciones que motivaron dicha propuesta aconteció en la noche del 27 al 28 de julio cuando se presentó voluntario para realizar en solitario una descubierta para neutralizar una posición enemiga desde donde se les hostigaba constantemente. El Guardia Almarcha, armado sólo de su fusil máuser y unas granadas de mano, cumplió con éxito su misión pudiendo regresar a la fábrica en medio de un intenso fuego de fusilería que inútilmente intentó batirle.








Guardia Civil 2º Manuel Almarcha García



El final de la defensa

El día 2 de agosto, con casi cincuenta bajas propias entre muertos y heridos, agotadas las municiones y los víveres, con el edificio en ruinas por las explosiones de las granadas y los disparos de cañón así como sin esperanza de poder recibir ya el prometido auxilio de Melilla, que distaba tan sólo quince kilómetros, el Teniente Coronel Pardo, para salvar la vida de los defensores, familiares y demás paisanos que se encontraban con ellos, decidió aceptar la rendición y ordenó la entrega de las armas.

Esta vez y al contrario que lo que dramáticamente acontecería en Monte Arruit una semana después, el pacto de rendición se cumplió por parte rifeña y se respetaron las vidas de los defensores. Una vez abandonado el semiderruido edificio se formó una columna con los supervivientes que con una bandera blanca al frente se dirigieron a Melilla.

Como nota curiosa apuntar que los miembros de la Guardia Civil, tras entregar sus armas largas y empezar a formar junto al resto de los defensores, pudieron conservar sus pistolas ya que formaban parte de su uniformidad y el jefe de los rifeños quiso distinguirlos como muestra de respeto y consideración que aquellos hombres les merecía.


Aspecto, aún famélico, de los Guardia Civiles, "Héroes de Nador", a su llegada a la plaza de Melilla para su reincorporación inmediata en septiembre de 1921. Guardias Civiles que tras diez días de heroica resistencia en una fábrica en el poblado marroquí de Nador, junto a algunos regulares, militares de la guarnición y civiles (184 combatientes, 3 policías marroquíes prisioneros, 2 mujeres y 2 niños), sin alimentos ni agua, contra un enemigo de más de tres mil moros armados con cuatro cañones, tuvieron que decidir una honrosa rendición (la inevitable rendición anuló la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando).

Aquellos valientes hombres, además de los ya citados, Teniente Fresno, Alférez Pérez, Cabo Lozano López y Guardias Sánchez Callejón y Almarcha García; eran los Sargentos José Blanco García, Carlos Rodríguez Expósito y Manuel Elías Gómez; los Cabos Pascual Plaza Crespo y Juan Montero Montilla; los Guardias 1º José Berenguer Cuadra y Joaquín González Verbena; corneta Manuel Mora Velasco; y los Guardias 2º Sebastián Gutiérrez Conde, Diego Carrasco Castellón, Pío Luna González, Rafael Luna González, Manuel García Cádiz, José Gallego Illescas, Esteban López Astigarraga, Felipe Rubio Montoya, José Pastor Núñez, Miguel Rojas Pérez, Juan Macías Rubio, Gregorio Rodríguez Cid, Nazario Sagrario Rodríguez, José Jiménez López, José Muñoz Castillo, José Vico Pallarés, Mariano Domingo Hervás, Sebastián López, Pantaleón Jorge Sánchez y Pedro Bueno Ramiro.

Varios de ellos resultaron heridos de bala si bien ningún Guardia Civil resultó muerto durante el asedio. Las bajas mortales españolas de aquella posición fueron el Comandante de Infantería Wenceslao Sahún Navarro, el Teniente de Intendencia Ricardo Iglesias González, el Sargento de Ingenieros Jesús Díaz Collado; el Cabo Cesáreo Iglesias y los Soldados de Infantería Claudio de Rosas, José Bernabé y Gregorio Escudero, así como los paisanos Manuel López Vega, José Pérez Alfonso y Juan Moreno Aragonés.

Posiblemente sin la heroica y solitaria defensa de la fábrica de harina de Nador, en donde la Guardia Civil jugó un papel trascendental, la historia de la plaza de Melilla en aquel verano de 1921 se hubiera escrito de forma bien diferente.


La matanza del Puesto de Zeluán

Mientras transcurría el excepcional episodio de Nador, la persecución y matanza de los Soldados españoles que intentaban alcanzar la plaza de Melilla o se encontraban cercados continuaba en su pleno apogeo. Una de las endebles posiciones atacadas fue la Casa-Cuartel de la Guardia Civil de Zeluán, cuyos defensores terminaron por replegarse sobre la Alcazaba en donde se habían hecho fuertes cerca de quinientos hombres, en su mayor parte Soldados huidos de otras Posiciones.


Zeluán. Interior de la Alcazaba el día de su ocupación

El día 3 de agosto, tras diez días de heroica resistencia y haber agotado sus municiones y víveres, los componentes del Puesto de Zeluán, al igual que el resto de Fuerzas del Ejército que allí se quedaron defendiéndose contra un enemigo infinitamente superior, fueron convencidas por los rifeños de que se les respetarían sus vidas y podrían marcharse a Melilla si entregaban sus armas.

El Cabo Francisco Carrión Jiménez, Comandante del Puesto de la Guardia Civil cumplió las órdenes recibidas del Jefe de las Fuerzas militares defensoras españolas, el Capitán de Infantería Ricardo Carrasco Egaña, quien acabó por aceptar el ofrecimiento ya que además al parecer el intermediario era un indígena conocido y de confianza.

Capitán de Infantería Ricardo Carrasco Egaña


Sin embargo esta vez, y a modo de trágica premonición de lo que pocos días después, el 9 de agosto, pasaría con las Fuerzas españolas que bajo el mando del General de Brigada de Caballería Felipe Navarro y Ceballos-Escalera, se encontraban sitiadas en Monte Arruit, el pacto no se cumplió. Nada más abandonar la alcazaba los Oficiales y sus Soldados así como los Guardias Civiles, fueron brutalmente perseguidos, torturados, degollados y arrebatados sus uniformes antes de quemar sus cuerpos en la mayor parte de los casos.

Hasta que el 14 de octubre fue recuperada Zeluán por las Fuerzas expedicionarias, yacerían a la intemperie entre más de cuatrocientos cadáveres de Soldados españoles, los restos del Cabo Carrión y los Guardias 2º Paulo Sánchez Sáez, José Noguera Aznar, Constantino Ferrero López y Sotero Alonso Herranz.

La casualidad del destino había hecho que poco antes de los trágicos sucesos, el Guardia Civil Ferrero se hubiese incorporado al Puesto de Zeluán en sustitución del Guardia Manuel García Cádiz que marchó al de Nador. Afortunadamente al inicio de los sucesos no habían en la Casa-Cuartel familiares ni otros civiles refugiados con ellos. Las familias del Cabo y los Guardias Nogueras y Alonso se habían quedado en Melilla mientras que los Guardias Sánchez y Ferrero eran solteros.


Recuerdos históricos



Nador. Casas destruidas por los moros

A modo de curiosidad significar que una orden de 20 de noviembre de 1922, dimanante del Negociado 2º de la Sección 3ª de la Dirección General del Benemérito Instituto, firmada por el General secretario Mariano de las Peñas y Franchi-Alfaro, publicó la relación de objetos donados al museo del Colegio Infanta María Teresa de Huérfanos de la Guardia Civil. Entre ellos se encontraba el portafusil del máuser modelo 1893 de calibre 7 mm., y un tirante del correaje del Guardia 2º Constantino Ferrero López, donados por el Teniente Fresno que los recogió en Zeluán.

Con la llegada de refuerzos a Melilla durante las semanas y meses siguientes al "Desastre" se iniciaría la lenta reconquista de la región ocupada por los rifeños rebeldes. La Guardia Civil destacada en Melilla y la concentrada procedente de Ceuta y la Península, compuesta ésta última por 1 Oficial, 1 Sargento, 1 Cabo, 2 Cornetas y 47 Guardias, acompañaría en su avance al resto de las Unidades militares con la finalidad por un lado de irse asentando nuevamente en los antiguos Puestos perdidos, haciéndose cargo de la seguridad publica en los territorios recuperados y por otro prestar el consabido Servicio de campaña.



Estación de Nador en el día de la ocupación. 21 septiembre 1921

Las valoraciones por el comportamiento y alto prestigio de los Guardias Civiles que allí supieron cumplir con su deber fueron numerosas y elogiosas. Merece la pena resaltar los siguientes párrafos publicados en el diario "Heraldo de Madrid" el 31 de julio de 1922:

"Si en vez de Soldados que, constreñidamente, están en filas, hubiéramos llevado Tercios de la Guardia Civil, que los componen voluntarios, con la décima parte -léase bien- con la décima parte de los Soldados que se enviaron a Melilla, el General Berenguer hubiera logrado un avance rápido y la consiguiente desmoralización de las cábilas, que se envalentonaron al ver que nuestros Soldados no sabían tirar y que una Compañía de guerrilla no lograba hacer un solo blanco en las cercanías del grupo de moros que atacaban.

Pregúntese a cualquier General o Jefe si prefiere, para combatir en África, disponer de 5.000 Guardias Civiles o que de los Cuerpos le entreguen 50.000 Soldados, y dirán que aquella Campaña no es de número, porque no hay terreno donde mover las Fuerzas y la impedimenta es agobiante, sino que es de calidad porque se tiene eficacia, movilidad y poco peso muerto".




Francisco Javier de la Uz Jiménez



Fuentes consultadas:

Publicado en: Historia Guardia Civil