ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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2/4/17

…. UNA RELIGIÓN DE HOMBRES HONRADOS















UNA HISTORIA DE GUERRA


Aunque ya publicada en este Blog en Septiembre de 2010, he creído oportuno recordarla de nuevo en honor a la Guardia Civil y a todos los que han dado la vida por España.
















ARTURO PEREZ –REVERTE




Alguien escribió en cierta ocasión que si una historia de guerra parece moral, no debe creerse. Y alguna vez lo repetí yo mismo. Pero eso no es del todo verdad. O no siempre. Como todas las cosas en la vida, la moralidad de una historia depende siempre de los hombres que la protagonizan, y de quienes la cuentan. Ésta de hoy es una historia de guerra, y quiero contársela a ustedes tal como algunos amigos míos me han pedido que lo haga. La moralidad la aportan ellos. Yo me limito a ponerle letras, puntos y comas.

Base de Mazar Sharif, Afganistán. Cinco guardias civiles, de comandante a sargento, perdidos en el pudridero del mundo, formando a la Policía afgana. Cinco Guardias Civiles de veintidós llegados hace cinco meses y medio, desperdigados por una geografía hostil y cruel, en misión de alto riesgo, en una guerra a la que en España ningún Gobierno llamó guerra hasta hace cuatro días. Los cinco de Mazar Sharif, como el resto, eran gente acuchillada, porque lo da el oficio. Sabían desde el principio que a la Guardia Civil nunca se la llama para nada bueno. Y menos en Afganistán. Si lo que iban a hacer allí fuera fácil, seguro, cómodo o bien pagado, otros habrían ido en vez de ellos. Aun así, lo hicieron lo mejor que podían. Que era mucho. Atrincherados en una base con americanos, franceses, holandeses y polacos, vivían con el dedo en el gatillo, como en los antiguos fuertes de territorio indio. Igual que en los relatos de Kipling, pero sin romanticismo imperial ninguno. Sólo frío, calor, insolaciones, sueño, enfermedades, soledad. Peligro. Los únicos cinco españoles de la base, de la provincia y de todo el norte de Afganistán.

Ellos y sus compañeros habían llegado a la misión tarde y mal, aunque ésa es otra historia. Que la cuenten quienes deben contarla. Aun así, con la resignada disciplina casi suicida que caracteriza al Guardia Civil, se pusieron al tajo. Como era de esperar, no encontraron la mesa puesta. Quien estuvo por esos mundos con militares norteamericanos, holandeses y franceses, sabe de qué van las cosas. Sobre todo con los norteamericanos, que tienen a Dios sentado en el hombro como los piratas llevan el loro. Para hacerse un hueco entre sus aliados, distantes y despectivos al principio, no hubo otra que la vieja receta de Picolandia: aprender rápido, trabajar más que nadie, no quejarse nunca y ser voluntarios para todo. Y por supuesto, tragar mierda hasta reventar. Y así, a base de orgullo y de constancia, poco a poco, los cinco hombres perdidos en Mazar Sharif se hicieron respetar.
Un triste día se enteraron de la muerte de sus dos compañeros en Qal-i-Naw. De la pérdida de dos Guardias Civiles de aquellos veintidós que llegaron hace medio año, y de su intérprete. Y pensaron que el mejor homenaje que podían hacerles era que la bandera norteamericana que ondea en la base fuese sustituida, aquel día, por la española a media asta. Eso no se hace allí nunca, aunque a diario hay norteamericanos muertos, los franceses sufrieron numerosas bajas, y también caen holandeses y polacos.

Así que el jefe de los Guardias Civiles, el Comandante Rafael, fue a pedir permiso al jefe norteamericano. Accedió éste, aunque extrañado por la petición. Saliendo del despacho, el Guardia Civil se encontró con el Jefe del contingente francés, quien dijo que a él y a sus hombres les parecía bien lo de la bandera. En ésas apareció otro norteamericano, el Mayor James, que nunca se distinguió por su simpatía ni por su aprecio a los españoles, y con el que más de una vez hubo broncas. Preguntó James si los muertos de Qali-Naw eran Guardias Civiles como ellos, y luego se fue sin más comentarios.


A las ocho de la tarde, cuando fuera de los barracones apenas había vida, los cinco Guardias Civiles se dirigieron a donde estaba la bandera. Formaron en silencio, solos en la explanada, cinco españoles en el culo del mundo: Rafael, Óscar, Rafa, Jesús y José. Cuando se disponían a arriar la enseña, apareció el teniente coronel francés con sus cuarenta gendarmes, que sin decir palabra formaron junto a ellos. Luego llegaron el Mayor James, el Teniente Williams y veinte marines norteamericanos. Y también los polacos y los holandeses. Hasta el pequeño grupo de Dyncorp, la empresa de seguridad privada americana destacada en Mazar Sharif, hizo acto de presencia. Todos se cuadraron en silencio alrededor de los cinco españoles, que para ese momento apretaban los dientes, firmes y con un nudo en la garganta. Y entonces, sin himnos, cornetas, autoridades ni protocolo, el Capitán Rafa y el Sargento José arriaron despacio la Bandera. Una historia de guerra nunca es moral, como dije antes. Si lo parece, no debemos creerla. Pero a veces resulta cierta. Entonces alienta la virtud y mejora a los hombres. Por eso la he contado hoy.















Miembros de la Unidad de Acción Rural (UAR), durante el último adiós al Capitán José María Galera Córdoba y al Alférez Leoncio Bravo Picallo en la Comandancia de Logroño. Más de 2.000 uniformados asistieron al funeral que presidieron los entonces Príncipes don Felipe y doña Letizia, y los Ministros de Defensa e Interior, Carme Chacón y Alfredo Pérez Rubalcaba.


Al Guardia Civil Muerto | Poema  de José Luis Santiago de Merás

El charol de su tricornio
brilla como la conciencia,
la bandera Nacional
se posa en sus manos muertas.
En todos sus compañeros
hay lágrimas de impotencia,
y en su mujer y en sus hijos
sólo hay lágrimas de pena.
Alguien dice que es el precio,
que exige el nuevo sistema,
pero las deudas las paga
sólo aquel que tiene deudas,
y no es justo que esta muerte
pague las deudas ajenas.
¡Maldito rencor marxista!
¡maldita pólvora negra ¡
¡ maldito el que hace el camino,
para un perdón sin enmiendas!
cuantos esconden la mano
después de tirar la piedra
Que Dios bendiga tu sueño
y que premie tu inocencia,
yo te juro que algún día
liquidaremos tu cuenta.



Francisco Javier de la Uz Jiménez


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