ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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19/7/17

LOS HEROICOS TERCIOS DE FLANDES
















Es el relato de una más de las innumerables hazañas de nuestros heroicos TERCIOS DE FLANDES, narrada de maravilla por un Subteniente al estilo "Pérez Reverte".



LA NOCHE DE GOES


Han pasado algo más de 444 años de aquello.

El pasado mes de octubre se cumplió otra efemérides olvidada por los ingratos españoles, una más que entre tantas que, de haber sido protagonizada por otro país, sin duda conoceríamos todos por multitud de libros, películas, cómics, etc., de la misma forma que conocemos al Rey Arturo (ficticio), a Rob Roy (ficticio) o al General Custer (que no pasó de Teniente Coronel y muy medianito).


         Corría el año de Nuestro Señor de 1572 y las Provincias Unidas (Holanda y Bélgica) o, como preferíamos denominarles aquí: FLANDES, se encontraban en plena rebelión contra una España que, como de costumbre, peleaba ella sola contra medio Mundo.

Desde agosto la Flota rebelde holandesa, los llamados “mendigos del mar”, dirigidos por Peterson Worst, bloqueaban en la costa de Zelanda la desembocadura del Escalda; y al final de la ría, en el norte de la cercana isla de Zuid-Bevaland, en la Villa de Goes, una Compañía de 150 españoles más 25 Soldados valones, dirigidos por el Capitán Don Isidro Pacheco, resistían como podían, esperando un providencial socorro del Duque de Alba, el cerco por tierra de 4.500 calvinistas flamencos y franceses mandados por Jeromé Tseraart, 1.000 luteranos alemanes y 1.500 anglicanos ingleses y escoceses al mando de Humphrey Gilbert y Thomas Morgan.

Este Ejército de 7.000 protestantes había sido enviado allí por el estatúder holandés Guillermo de Orange para acabar con los 175 Soldados del Capitán Pacheco que llevaban ya 2 meses aguantando asaltos, cañonazos y falta de víveres para defender una Plaza insignificante que ya había sido dada por perdida por el Duque de Alba. Al Capitán Pacheco no le llegó ninguna orden de abandonar la Villa y, en consecuencia, allí seguía. Aferrado a aquella maldita isla con uñas y dientes y esa determinación suicida que ponemos los españoles en las causas perdidas.

El Duque, sin embargo, había dado instrucciones al Maestre de Campo Sancho Dávila, apodado en aquellos tiempos: “El rayo de la guerra”. Este, viéndose falto de embarcaciones adecuadas y el paso cortado por los “mendigos del mar”, poco podían hacer. Parecía que la Guarnición de Goes, al no haber recibido orden en contrario, defendería la ciudad hasta las últimas consecuencias, que no podían ser otras que la toma de la Plaza y la matanza de los supervivientes, pasados a cuchillo. (Los holandeses, aunque no se diga por ser políticamente incorrecto, no solían hacer prisioneros más que a personas de calidad, a fin de pedir rescate). 

Maestre de Campo Sancho Dávila

       Los sitiados, por supuesto, no eran hombres apocados que se dejasen amedrentar. Ya habían hecho una salida y desmantelado una trinchera francesa, haciéndoles una docena de muertos y clavando dos cañones. En otra ocasión, y ante la falta de provisiones, 20 españoles salieron en una encamisada, robando varios barriles de carne salada en una trinchera flamenca, degollando a los centinelas y haciéndoles 7 prisioneros, que luego colgaron cumplidamente de las murallas.

Pero no podían aguantar mucho más. Dado que el rescate por mar era imposible para la Flota española, que no conocían los canales, bajíos e islas donde mandaba la Flota holandesa, la minúscula Guarnición española parecía sentenciada.

Entonces se presentó el Capitán D. Cristóbal de Mondragón (más tarde Maestre de Campo) con una idea genial y disparatada, de esas que a lo largo de nuestra historia han puesto el asombro en los ojos de nuestros enemigos y blasfemias en la boca de nuestros Soldados, encargados de realizarlas (como cruzar el lago Ilmen en pleno invierno para socorrer a los alemanes cercados por los soviéticos durante el cerco a Leningrado).

Al parecer, -según unos pescadores- existía un vado. Un paso de tres leguas y media. Unos 17 kilómetros en que la marea baja dejaba –durante unas horas- una lengua de arena con el agua por el pecho. Si se tenían las suficientes agallas, era todo lo que necesitaban, obviando que tenían que cruzar de noche, entre dos mareas, con el riesgo cierto que si se retrasaban, se perdían o calculaban mal el tiempo, los cogería la marea creciente y se ahogarían todos. Pero con semejantes disquisiciones no se hubiera conquistado México, ni Perú, ni Filipinas, ni hubiéremos batido al turco en Lepanto o hubiésemos descubierto el Nuevo Mundo ni el Pacífico. Así, el Maestre de Campo Dávila  puso 2.500 piqueros y arcabuceros españoles más una Fuerza de 500 valones y alemanes bajo su Mando, y, con sus bendiciones, lo mandó a liberar Goes.

Era el Capitán Mondragón un curtido veterano de unos 58 años, que había luchado en todas las Campañas de Carlos V; Italia, Túnez y Alemania, donde a las puertas de Mühlberg, cruzó el Elba con 8 compañeros, espada en la boca, con el sano propósito de acuchillar herejes, lo que le valió ser ascendido por el mismo Emperador a Alférez allí, en el Campo de batalla, cubierto de sangre y chorreando agua, mientras el César lo proclamaba a grandes voces: “El mejor Soldado del mejor Tercio de su Ejército”.

Tras una agotadora marcha, formaron en la playa ante el brazo oriental del Escalda, junto al monolito de Ostendreche, al anochecer y ante la vasta negrura del mar, con el sordo rugido de las olas rompiendo contra los diques en la distancia.

Mondragón les arengó brevemente, comenzando con un “amigos míos”, halago que al Soldado español siempre le ha sonado a escabechina segura. Les habló de la Guarnición española que, al otro lado de las aguas resistía el cerco de 7.000 herejes haciendo honor a sus banderas, y que ellos se encontraban allí haciendo honor a aquellos valientes. Luego se centró en 3 cosas, a saber: que él iría delante en todo momento para dar ejemplo, que había que cruzar rápido y en silencio. No se podría parar en ningún momento o vacilar o se ahogarían todos y, por último, que cuando llegaran no dejarían un hereje vivo.

Después solicitó al Sacerdote que les acompañaba su bendición y la absolución, ya que iban a morir por la verdadera Fe.
                                                            

Capitán D. Cristóbal Mondragón                                      Piquero español


           Hecho esto, se quitó las botas y entró el primero en las gélidas aguas. Los Soldados se santiguaron y sin rechistar (es de imaginar murmullos con juramentos y algún “redios”) se descalzaron, colgaron sus zapatos del cuello, y formaron filas de a cuatro, muy apretados unos con otros para resistir la corriente, se metieron en la ría helada.  


Podemos imaginar la escena: Ya de noche, con las aguas rápidamente bajando hacia el mar, 3.000 hombres en el agua, en apretadas filas unos contra otros, para soportar la fuerza de las aguas y darse un poco de calor; descalzos, llevando en alto picas, arcabuces, las mechas y el saquito con las balas y la pólvora, maldiciendo por todo, agarrándose unos a otros, luchando contra la corriente, mojados con el agua al pecho (a unos 10 grados) y algunos hasta la barbilla, con los pies heridos por piedras y conchas, sintiendo subir la marea poco a poco. Y así 17 kilómetros.

Las continuas Campañas y marchas agotadoras, como ir de Italia a Flandes a través del “CAMINO ESPAÑOL”, atravesando el corazón de Europa, habían forjado en ellos un alma de acero, duro como el de sus espadas toledanas, para aguantar semejante prueba; en la negrura de la noche, en medio de un brazo de mar, helados y rodeados de enemigos. Pero tales fueron el orden y la sangre fría, que la Inmaculada, que vela por los Infantes españoles, les protegió de tal forma  que llegaron felizmente a su destino, ahogándose tan sólo 9 Soldados.


El Camino Español

        Con las primeras y grises luces del amanecer alcanzaron la isla de Zuid-Bevaland cerca de Yerseque, a 20 kilómetros de Goes, hacia donde, una vez calzados y el armamento prevenido, prosiguieron.

Ya a la vista el Campamento holandés, desplegaron en silencio, degollar a los centinelas y a  una voz, iniciar el ataque, fue cosa de minutos.


En rojo: Posición del Tercio de Sancho Dávila, en amarillo la ruta aproximada. Debajo, la mancha azul celeste tapa el terreno que hace que la antigua isla de Zuid-Bevaland sea ahora una península.

        Volvamos a hacer uso de la imaginación y contemplemos, con los ojos de los ingleses, holandeses y demás chusma protestante el aluvión de aquellos 3.000 dementes barbudos, empapados, con ojos de locos, de ganas de matar a quien sea, gritando ¡Santiago!, ¡España! y deseando quitarse el frío de encima acuchillando herejes a mansalva…

Si conseguimos comprender el estado de ánimo (agotamiento, cabreo, odio) con el que aquellos hombres llegaron a la orilla tras la terrible travesía, seremos capaces de entender la ola de furia vengativa que se abatió sobre los protestantes a la incierta luz del triste amanecer de aquellas latitudes.

          
           Al ver surgir de entre la bruma a los españoles, no hubo en el Campamento enemigo más reacción que la de: ¡sálvese quien pueda!. Los 7.000 sitiadores salieron corriendo, a medio verter o en paños menores, sin armas ni ganas de buscarlas, en todas direcciones buscando desesperadamente un barco para su salvación, pero claro, por mucho que corrieran, ni había barco para todos ni llegaron todos a tiempo.

          Para más INRI, el Capitán Pacheco, avisado por los centinelas de las murallas, alertó a la Guarnición temiendo, en principio, un asalto a la ciudad. Al comprobar que se trataba de sus compatriotas, hizo una salida con parte de su gente, dispuesto a cobrarse con largueza los meses de sufrimientos y privaciones.

            Aquello fue de espanto. Imposible buscar cifras exactas.

       Si nos atenemos a la narración del Cardenal Bentivoglio, dice que: “mataron muchos, hasta cubrir los campos”. Cesáreo Fdez. Duro, en su obra “La Armada española desde la unión de los Reinos de Castilla y Aragón”, da la cifra de 2.000. Siendo más realistas –y quizá tirando por lo bajo por el que dirán- daremos por buena la cifra aproximada de 800 acuchillados (no hubo heridos ni tampoco prisioneros) que Juan Jiménez Martín  da en su magnífico libro: “Tercios de Flandes”.

          Aun así, habría que añadir los protestantes ahogados al intentar huir hacia sus barcos (próximos a la costa, pero no atracados en ella) y los heridos de toda condición que pudieron escapar de la furia española pero no a la gravedad de sus heridas, muriendo posteriormente. Con estas apreciaciones, y siempre tirando corto para huir de triunfalismos –que a España y a los españoles siempre se les ha negado- podemos concluir que las pérdidas de la Liga protestante fueron de unos mil hombres, además de toda la Artillería de sitio, las armas, municiones, tiendas y demás material que quedó todo en el campo. 

De la hazaña se hace eco Bernardino de Mendoza en sus “Comentarios”:

          “Entre otras hazañas memorables y dignas de eterna memoria, se verán aquí aquellas nunca assaz loadas (bastante alabadas): que esta Nación, con Escuadrón formado del modo que se pudo, vadeó el mar Océano desde tierra firma a las islas de Zeelanda, de noche y con frío, por distancia de dos leguas, con agua a los pechos, a la garganta y a ratos más arriba, por donde algunos se anegaron en ella; y llegados de la otra parte, hambrientos, desnudos, mojados, tiritando de frío, cansados y pocos, cerraron con los enemigos, que eran muchos más en número y estaban hartos, armados y descansados y atrincherados, y los hicieron huir a espaldas vueltas.  


Plano de la isla de Zuid-Bevaland, con el paso de los españoles y el ataque a Goes. El itinerario está equivocado, así como las zonas de aluvión. El autor pinta el paso de los hombres de Mondragón justo delante del Tercio de Dávila, pero se encontraba más al norte. (Plano francés de Petro le Poivre, 1622).


















































           D. Pedro Calderón de la Barca, Soldado de la Infantería española, escribía años después sobre la actuación de estos Soldados:

Estos son españoles: ahora puedo

hablar encareciendo a estos Soldados,

y sin temor, pues sufren a pié quedo

con buen semblante, bien o mal pagados.

Nunca la sombra vil vieron del miedo,

y aunque soberbios son, son reportados.

Todo lo sufren en cualquier asalto;

sólo no sufren que les hablen alto.

       Han transcurrido más de 4 siglos; ha desaparecido el Imperio Español, pero podemos asegurar que no hay holandés de aquellos parajes que no sepa que, en 1572 un Capitán español cincuentón, atravesó con sus hombres en la negrura de la noche 3 leguas de Océano, con fuertes corrientes, impedimenta a cuestas, para socorrer a sus compatriotas.

Ellos, al contrario que nosotros, si conocen su historia.


Subteniente Luis Hurdisan Guillen 




Francisco Javier de la Uz Jiménez


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